Medianoche en París: Cinco cafeterías para parar el tiempo

Necesito echar mano de un genio como Woody Allen para poder definir la ciudad de París. En su película localizada en la capital francesa, uno de los protagonistas comenta que no entiende por qué la gente vive en otros sitios existiendo París. En mi opinión es mucho decir, pero sí que es cierto que muestra a la perfección qué es la Ciudad Luz; vista por sus ciudadanos como el centro del universo y por los visitantes como una ciudad sin igual.

Ciertamente, París es uno de esos sitios a los que “hay que ir”, no en vano es el primer destino turístico mundial; pero no debe hacerse sólo por tratarse de una de las principales ciudades del mundo o por ser una de las más majestuosas (y bellas), sino por todo su significado.
La ville lumière, llamada así por su fama de centro mundial de las artes, tiene un sabor bohemio, un aire interesante al estilo de un libro antiguo de hojas amarillentas. Es la ciudad donde un prostíbulo es monumento histórico del siglo XIX y los puestos callejeros venden tesoros manuscritos de la literatura. Al igual que el protagonista de Midnight in Paris, puedes imaginarte como parte del grupo de amigos de Scott Fitzgerald, compartiendo una cerveza mientras hablas de literatura o filosofía y acabas discutiendo de política.

Generalmente se toma el barrio de Montmartre como referencia de la bohemia parisina por ser cuna del impresionismo y residencia de artistas (Modigliani, Picasso, Van Gogh, Degas, Matisse o Renoir vivieron aquí); pero sus huellas se reducen hoy en día al recuerdo que suscitan sus caricaturistas y las buhardillas de sus edificios, además de los archiconocidos cabarets del Moulin Rouge, Au Lapin Agile o Le Chat Noir. Pero, como escribió Charles Aznavour en La Boheme (1965), “ya no reconozco ni las calles ni los muros que habían visto mi juventud (…) Montmartre parece triste”.
Si bien, en ocasiones pretendemos viajar al pasado en algunos de nuestros viajes, no deja de ser un tanto absurdo, porque como nosotros mismos, los lugares cambian; lo cual no significa que la colina de París carezca de encanto alguno. 

Café de Paix en Capucines. Wikipedia.

También podemos buscar ese viejo sabor bohemio, cerca de la Ópera Garnier en el conocidísimo (1) Café de la Paix, el preferido de Émile Zola; o entre los muchos e icónicos cafés de Montparnasse como Le Select y La Rotonde. Aunque si hay una cafetería mítica en la ciudad esa es (2) Le Procope; nacida en 1686, donde degustaron sus especialidades personajes como Voltaire o Benjamin Franklin.


Pero si queremos sumergirnos en aquella ciudad de refinada vanguardia artística, el paseo debe ser por el Boulevard Saint Germain. Como toda la ciudad, hoy en día ha cambiado, pero aún mantiene un halo de cultura e historia en sus terrazas que invitan a leer un buen libro con un cafe au lait en la mesa.
La parada obligada del barrio de Saint Germain-des-Prés es la iglesia del mismo nombre, donde reposan los restos de Descartes; pero hasta llegar a ella bien vale la pena recorrer el bulevar o perderse entre las estrechas calles con encantadores comercios de todo tipo. Es recomendable, si podemos permitirnos no pensar en la cartera ni el reloj, detenerse en varios cafés y brasseries para seguir los pasos del jazzman Miles Davis o el cineasta Jean-Luc Godard.

Café de Flore en una foto de Paris Perfect.

Así, podemos disfrutar de un licor en  (3) Les Deux Magots como ya hiciera Truffault, donde Rimbaud enseñaba sus poemas a Verlaine y Léger concebía en su mente sus próximas obras cubistas. Cruzando la calle, nos encontramos con la (4) Brasserie Lipp, el favorito de Hemingway y Mitterrand, también frecuentado por Camus y Proust. Frente a la iglesia, finalmente, el (5) Café de Flore, donde Apollinaire recibía frecuentemente a su amigo André Breton para charlar sobre el surrealismo, Simone de Beauvoir discutía siempre en la misma mesa acerca del existencialismo con Sartre y donde Jim Morrison se tomó su última cerveza.


Está claro que nunca faltarán rincones que descubrir y planes que hacer en una ciudad como esta, pero merece la pena gastar unas horas en estos lugares para relajar las piernas y refrescarse con una bebida. Al fin y al cabo, la vida de las ciudades transcurre por sus avenidas y locales, y en este caso, esos locales alcanzan la categoría de historia viva de París, siendo tan populares como los Campos Elíseos y puede que, culturalmente tan importantes como su famosa torre de hormigón, grava y acero.

“París por la mañana es precioso. Por la tarde tiene encanto. Por la noche hechiza. París de madrugada es mágico”.

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